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lunes, 15 de abril de 2019

"LOS TÍTERES DE MI ABUELA", un texto de JUAN CARLOS MARTÍN RAMOS que nos introduce no marabilloso mundo dos monicreques






A literatura, cando se respira dende o humanismo, produce unha morea de momentos e situacións que paga a pena vivir.
     
     Os que seguides este blog-revista dende hai tempo, sabedes de sobra o que para min significa Juan Carlos Martín Ramos, tanto a nivel persoal coma poético. Un irmán na poesía e un discurso poético, o seu, dunha calidade extraordinaria tanto na forma coma no contido dos seus versos.
Juan Carlos Martín Ramos

     Únennos moitas cousas -acabamos de escribir un libro de poesía en conxunto que verá a luz nuns poucos meses- na vida e na literatura. Lorca, Blas de Otero, Alberti, Paco Ibáñez…e os monicreques. Si. Eu, dende ben pequeño gustaba de facer teatro de monicreques. Gorgorito era o meu héroe de infancia.

     Juan Carlos –na compaña da súa parella, Lurdes López- foi un monicrequeiro que percorreu moitos lugares co seu teatro ao lombo. Unha época moi particular que, cada vez que a lembran, un brillo especial asoma nos ollos de ambos.

    
Non é de estrañar que Juan Carlos Martín Ramos escribise un fermoso libro co que gañou o prestixioso Premio Orihuela de Poesía Infantil: Mundinovi, editado por Kalandraka editorial. Un canto extraordinario a ese mundo fabuloso dos monicrequeiros que Juan e Lurdes viviron en primeira persoa.
     
     Ben, pois para deleite de todos os seguidores de Versos e aloumiños, Juan escribiu un texto evocador e, como todo o que el fai, tenro, vivo e emocionante.
     
     Lédeo con atención e gozade da palabra ben escrita e dos sentimentos que posúe. Os sentimentos marcan comportamentos e os sentimentos de Juan Carlos Martín Ramos toman corpo nos seus poemas. E a nós quédanos a satisfacción de poder saborealos en toda a súa extensión.


Juan Carlos, subido a unha oliveira




                           LOS TÍTERES DE MI ABUELA



                                                                                Juan Carlos Martín Ramos


Otra vez los títeres. Y otra vez mi abuela.
Mamá Son, así la llamábamos.
A ella le debo mi amor por los títeres y gran parte de las cosas que he hecho. Y de lo que soy.
Es una de las dos personas fundamentales en mi vida a las que dedico mi libro “Mundinovi”.
También le he dedicado algunos poemas.
Este, por ejemplo, del libro “Buzón de voces”.

HILO DE VOZ

Dime, abuela,
entre todos los hilos
de colores
que guardas,
enmarañados,
en el costurero,
¿cuál es el hilo de tu voz?

Quiero tirar de un extremo,
desenredarlo y hacer
un inmenso ovillo
con todos tus cuentos.

Hace ya algunos años escribí un texto titulado “Los títeres de mi abuela”, del que alguna vez he utilizado algún fragmento para intentar explicar cómo surgió mi pasión por la poesía y por los títeres. Lo rescato íntegro para “Versos e aloumiños”. Aquí os lo dejo.



                         LOS TÍTERES DE MI ABUELA


Mi abuela tenía el pelo blanco y el vestido negro.
A veces se sacaba de la manga un pañuelo de colores, se lo ponía en la cabeza y me guiñaba un ojo.
Mi abuela andaba muy despacio y hablaba sin parar.
Apenas podía caminar alrededor de su silla, pero con el hilo de sus palabras era capaz de tejer una alfombra mágica y viajar a los lugares más lejanos.

Cuando era joven, mi abuela tocaba el piano en el salón de su casa. Un piano que nunca vi, porque hacía más de mucho tiempo que se había desafinado para siempre en mitad de un bombardeo. Y algunos domingos por la mañana montaba un pequeño teatro de títeres en el casino de su pueblo, adonde los niños y las niñas acudían a la carrera cuando salían de misa.
En aquel teatrillo, los cuentos que mi abuela contaba tenían un final diferente al que todos conocían, y en algunas ocasiones salían a escena los extraños personajes de un mundo al revés: el pez que volaba entre las nubes, el gato que perseguía a un perro o el sol que salía por la noche.
En "Espacio Kalandraka"

Mi abuela me contó la historia de algunos títeres legendarios. Recuerdo sobre todo la historia de Chacolí, el héroe de los teatrillos, que manejaba su cachiporra justiciera con gran maestría y generosidad.
También me cantaba en voz baja canciones que debían ser muy antiguas, porque todas eran de antes de quedarse sorda, y de eso hacía ya muchos años.

Desde muy temprano, nada más tomarse su tazón de café con picatostes, mi abuela, sentada en una silla baja con asiento de anea, desenredaba una maraña de hilos, cuerdas, lanas, cables y alambres, y amontonaba en su regazo una inmensa colección de alfileres, muelles, carretes, broches, botones, retales de tela, recortes de cartón, tapones de corcho y restos inservibles de cualquier cosa.
Pero a lo largo del día, como por arte de magia, de entre aquel montón de materiales y objetos tan variopintos acababa surgiendo un muñeco, un títere de guante con piernas, que de pronto se desperezaba, miraba a su alrededor y saludaba a un público imaginario con una graciosa reverencia.
Lurdes, ensaiando na casa

Mi abuela tenía un baúl lleno de personajes de cuento, de animales de fábula, de bufones saltarines y juglares que arrancaban una triste melodía de las cuerdas de hilo de su laúd.
También había una pequeña orquesta vestida de frac que tocaba valses vieneses, una cuadrilla  de toreros con capotillos rojos y un toro que no les hacía caso y jugaba a espantar moscas con el rabo.

Mi personaje favorito era el Lobo Feroz. Tenía una boca muy grande con unos dientes muy grandes, como decía el cuento, pero, además, le colgaba por la espalda una anilla atada a una goma, un mecanismo que naturalmente se había inventado mi abuela.
Su funcionamiento era muy sencillo. Cada vez que el Lobo estaba triste o contento, cada vez que se enfadaba o se asustaba, es decir, cada vez que a mí me daba la gana, tiraba de la anilla y hacía que el Lobo levantase el hocico para aullar.

Ilustración de Pedro Villarejo
A simple vista, aquellos muñecos parecían pequeños peleles que no sabían hacer nada. Pero, cuando les metía la mano por la espalda, normalmente a través de un calcetín viejo, y movía mis dedos, parecía que estaban vivos.
Eran capaces de levantar los brazos, de caminar de un lado a otro, de empuñar una estaca, un lápiz o un plumero, de deshojar una margarita o barrer hojas secas, de saludar a la luna o bailar al compás de la música.
No tenían voz, pero si yo decía alguna frase a la vez que los movía, daba la impresión de que eran ellos los que hablaban.
Aquellos títeres, en realidad, no eran mis juguetes. Eran mis compañeros de juego.
A veces hasta vestíamos igual y parecíamos hermanos, porque mi abuela, cuando el tamaño de la tela lo permitía, primero le hacía el traje a un títere y luego, sin darme explicaciones, me tomaba las medidas para hacerme, con la misma tela, una camisa.
        
Museu da marioneta de Lisboa
Animado por mi abuela, construí un teatrillo de títeres con unas cuantas tablas, la enorme caja de cartón donde llegó a casa el primer frigorífico y un trozo de cortina vieja.
Coloqué la ventana del escenario muy alta. No quería que nadie me viera la cabeza. Pero calculé mal y, cada vez que hacía una representación, tenía que ponerme de puntillas o subirme a un taburete.

Una tarde de verano invité a todos mis amigos a ver la función.
No sabía muy bien qué cuento les iba a contar. Lo que sí tenía claro es que, fuera cual fuera el cuento, el Lobo Feroz saldría a escena y aullaría muchas veces. Así el aplauso final estaría asegurado.

Mi abuela se sentó en primera fila.
De vez en cuando la miraba por un agujero secreto que había hecho para observar, desde dentro del teatrillo, las reacciones del público.
La verdad es que ella, durante la función, no hizo muchos gestos.
Al principio parecía estar pendiente de todo lo que pasaba a su alrededor, pero al poco tiempo ya no se sabía si sus ojos estaban mirando hacia fuera o hacia dentro.

Después de la función, cuando nos quedamos solos, me acerqué a darle un beso y ella  me dijo que lo había hecho muy bien, pero me advirtió que no era necesario que, al final del cuento, el Lobo Feroz aullara tantas veces.




jueves, 9 de febrero de 2017

"LISBOA, UN VIAJE ESCRITO EN EL ROSTRO", un texto evocador de Juan Carlos Martín Ramos

El autor, Juan C. Martín Ramos divisa Lisboa.

Con motivo da súa primeira visita a Lisboa, Versos e aloumiños pediu ao magnífico poeta e amigo deste blog-revista, Juan Carlos Martín Ramos, que puxese por escrito algunhas das vivencias e emocións que a súa estadía na “cidade da luz” lle provocaron.

     Coa súa mestría escribindo, co seu amor pola literatura, pola súa enorme capacidade de evocación e polo afecto que nos vencella, Juan Carlos escribiu este fermoso texto que podedes ler deseguido.

     Un texto fermosísimo que nos introduce con agarimo nunha cidade ateigada de recunchos, de sorpresas, de beleza e de misterios.

     Un texto que nos fai querer moito máis, se cadra, a Lisboa.

     Grazas, mestre.







         
                              LISBOA, UN VIAJE ESCRITO EN EL ROSTRO

                                                                 
                                                                                                “Me gustaba mucho leer el viaje en el rostro de los demás”
                                                                                                                                                                      A. T.

                                               
                                                                                                   1


Antonio Tabucchi
El escritor italiano Antonio Tabucchi, en su libro “Viajes y otros viajes”, hablando de quienes van de excursión a algún lugar de interés artístico, histórico o natural situado a pocos cientos de kilómetros de su habitual población de residencia, dice lo siguiente: Más de una vez he ido a esperar el autobús que volvía de algún sitio, fingiendo que esperaba a alguien aunque no esperara a nadie, para observar a las personas que bajaban. En sus rostros había asombro, exaltación, cansancio (…): se nota que han ido realmente de viaje. Y añade: En cambio, y por el contrario, he tenido ocasión de observar a ciertas parejas jóvenes, de hoy en día, que acaso no han visto nunca los Uffizi o el Coliseo pero que cuando se casan se van de luna de miel a las Seychelles o a las islas Comoras. Cuando regresan, en sus rostros no hay nada escrito. (…) Lo único que se aprecia es que están muy morenos. Idéntico resultado podrían haberlo obtenido quedándose sentados en el patio de su casa o en la terraza.


     
     Quiero aclarar, antes de nada, que nunca he estado en las Comoras ni en ninguna de las ciento quince islas Seychelles. Y puedo afirmar sin morderme la lengua que  no tengo un especial interés en ir hasta allí. Pero debo confesar que, al escribir esta pequeña crónica, el comentario de Tabucchi me provoca un perturbador sonrojo, porque no encuentro ningún argumento plausible para explicar el hecho de que ésta haya sido, a mis  años, la primera vez que voy a Lisboa. De pronto he sido consciente de que no haber estado nunca en Lisboa era una circunstancia incomprensible en mi biografía, como también lo es en la de cualquier persona -española, por ejemplo- que viva a tan sólo unos cientos de kilómetros de una ciudad tan fascinante.

     
     Nada más llegar a Lisboa, me invadió una profunda y saludable sensación de alivio. No por sentirme como en casa, no porque me diera seguridad reconocerme en todo aquello que me resultaba familiar y cercano. Todo lo contrario. Esta gran sensación de alivio, de bienestar interior, de inesperada reconciliación con la especie humana, era consecuencia de todo aquello -usos y costumbres en particular- que, a pesar de las semejanzas aparentes, le confieren a la realidad de Lisboa una dimensión extraña y lejana en el tiempo y en el espacio.


     
     Paseaba por las calles de Lisboa con ojos nuevos o, mejor dicho, con una mirada recién estrenada. Me sentía en un estado de consciente y razonable (permítaseme que utilice ahora una palabra que ya no viene en el diccionario) felicidad. ¿Me parecía que la vida era más fácil? No hay que exagerar, pero hasta rebullía dentro de mí un vigoroso impulso de subir cuestas y más cuestas, y luego bajarlas, y luego subirlas, y luego volver a bajarlas, y luego volver a subirlas y a bajarlas y a subirlas una y otra y otra vez, encontrando de paso algún lugar inolvidable que no buscaba o perdiéndome por el camino tras preguntarle a un guardia por una dirección concreta que nunca encontré.
 
El autor escribe
     Deambulando por Lisboa, fui construyendo a mi alrededor mi propio laberinto y casi podría asegurar que, en más de una ocasión, me crucé conmigo mismo y hasta tuve la tentación de saludarme con la mano. De aquí a ponerle un nombre diferente a mis otros “yos” y a inventarme vidas y versos paralelos para cada uno de ellos, me faltaron apenas unos cuantos metros de adoquines portugueses. Ahora lo entiendo. Así cualquiera, don Fernando.
 
Fernando  Pessoa
     Tengo además la sospecha de que el poder benéfico de este hechizo lisboeta, que me permitió ir estrenando a cada paso novedosas y reconfortantes sensaciones y vivencias, no se activó sólo porque fuera mi primera vez, sino que sus efectos volverán a reproducirse cada vez que regrese a Lisboa. Y volveré, claro que volveré, para seguir tocando con  la punta de los dedos todo aquello que aquí ya no existe o nunca existirá, para seguir reconociéndome en el espejo de quienes pudimos ser y ya nunca seremos, para seguir sintiendo como algo propio todo aquello que por suerte aún nos diferencia.

                                                                                            2


     Con motivo de las 200.000 visitas (cifra, a estas alturas, ya ampliamente superada) de “Versos e Aloumiños”, las fuerzas ocultas de este blog me pidieron una breve crónica de mi primer viaje a Lisboa. Releo lo escrito y soy consciente de que más que la crónica de un viaje es el relato íntimo de un desahogo. O de un deslumbramiento.



     Así que para que no parezca que mi intención ha sido callarme todo lo que hice en Lisboa, añadiré que, si alguien tiene alguna duda de que todo lo que he dicho es cierto, puede comprobarlo personalmente yendo a uno de los lugares a los que yo fui, en mi caso, siguiendo una pista que encontré en un artículo de Antonio Muñoz Molina. No diré cual.
 
Lurdes abraza a don Fernando

       Se trata de un pequeño y modesto restaurante de barrio. Tampoco diré su nombre. De acuerdo, ya lo sé. Dirás, querido lector, querida lectora de este blog, que no te pongo nada fácil llegar hasta allí, pero déjate llevar, te bastará encontrarlo y ponerte a la cola. Cuando te hayas sentado a la mesa, ocupando gozosamente el hueco que te hayan asignado, apenas tendrás que esperar. La maquinaria invisible de esta experiencia inolvidable se pondrá en marcha por sí sola. Todo sucederá en este lugar de tal manera que, por más escéptico y receloso que hayas llegado hasta su puerta, el arco de tu entrecejo se abrirá en libertad como una sonrisa sobre tu frente ante la certeza de que la realidad -gracias a las cosas y a las personas que allí forman parte de ella- puede ser profundamente hermosa.

     


Y, a modo de colofón, aportando a esta crónica una prueba más de que yo realmente estuve en Lisboa y, por tanto, me he sudado mi salario como corresponsal de “Versos e Aloumiños”, extraeré de mi cuadernillo de viaje este poemita ocasional donde queda reflejada la esencia de mis andanzas y desandanzas lisboetas y donde, además, llevo a la práctica uno de mis mayores descubrimientos en este viaje. Que Lisboa y Pessoa, tomad buena nota,  riman entre sí.

 
                                      LISBOA-PESSOA

¡Ay, Lisboa, boa, boa!,
sube y baja por tus calles
el sombrero de Pessoa.

Rueda y rueda con el viento
desde Alfama hasta Belém,
sube a veces en tranvía
y otras baja entre los pies.

Desde el puerto hasta el castillo,
desde Estrela hasta la Sé,
y por la Feira da Ladra
fingiendo ser más de cien.

Ruedan, vuelan, se entrecruzan,
¡ay, Lisboa, boa, boa!,
dentro de tu laberinto,
los sombreros de Pessoa.



Sí, Antonio Tabucchi, tú podrías leer en mi rostro, con pelos y señales, la historia mágica de mi primer viaje a Lisboa.


¡Lisboa, muito obrigado!



viernes, 20 de enero de 2017

Juan C. Martín Ramos escribe sobre el disco "Surcos de luna y mar" , de Antonio G. Teijeiro y Javier Ruiz








                                 SURCOS DE LUNA Y MAR
                                                 


                                                                                                                                         Juan Carlos Martín Ramos


Siempre he sabido que algún día tendría en mis manos un disco de Antonio García Teijeiro. Era inevitable. Igual que era inevitable que por los surcos de ese primer disco fluyesen juntos el manantial de la poesía y el de la música. Porque el Antonio que todos conocemos sería otra persona, sería para nosotros un perfecto desconocido si la poesía, si la música, si la música y la poesía, o viceversa, no le hubieran dado sentido a su vida.

     Antonio descubrió pronto el mundo de la poesía y el mundo de la música. O tal vez sea más exacto decir que Antonio descubrió el mundo cuando aprendió a mirarlo y a entenderlo a través de la música y de la poesía.
No tengo muy claro si una cosa le llevó a la otra o si la poesía y la música se lo llevaron en volandas al mismo tiempo. Tengo la sensación de que todo sucedió gracias a un mismo golpe de viento, a un mismo golpe de mar interior, a un mismo golpe de necesidad y deseo de libertad, de expresión, de rebeldía.


     Es un lugar común, de quienes hablan o escriben sobre la poesía de Antonio García Teijeiro, decir que sus poemas son pura música, que cuando dices en voz alta cualquiera de sus versos, a poco que lo paladees, se te deshace en la boca convertido en una melodía.
En una ocasión, un astuto comentarista de su obra se atrevió a decir que en su poesía las palabras más que leerse se tararean, más que agruparse en versos y estrofas, se juntan para bailar sobre el papel ajustándose al entramado de una alegre coreografía. Es más, llegó a decir que Antonio escribe palabra por palabra, silencio por silencio, al dictado de su música interior.
En fin, no hay que descartar que algo se hubiera tomado el citado  comentarista antes de decir estas cosas, pero hay que reconocer que dio en el clavo.
No se puede entender la poesía de Antonio García Teijeiro sin su propia música, de la misma forma que tampoco su poesía, ni su vida, podría entenderse sin la música de los demás. La que suena en su casa cuando escribe, la que resuena en su memoria cuando busca palabras para poner en claro lo que piensa y lo que siente.

 
     “Surcos de luna y mar” es una selección de trece poemas de Antonio. Trece poemas musicados. Once de ellos por Javier Ruiz y los dos restantes por Isaac Vega.

     Es una selección que, según he creído entender a su autor, no es fruto de una rigurosa y exhaustiva búsqueda de sus poemas más significativos o emblemáticos sino el resultado de una elección aleatoria que Antonio hizo mientras hojeaba al desgaire su antología de poesía en castellano, “Desde mi voz”.

   Es posible que no le haya entendido bien o que el autor, si lo dijo, o yo, que lo
recuerdo así, estemos exagerando un poco.

Sin duda, los poemas podrían ser otros, pero todos los que aquí aparecen, ya sea elegidos por el azar o señalados por el dedo divino de su autor, son sin duda alguna representativos de la manera que Antonio tiene de concebir la poesía y de echar a volar las palabras hacia el posible lector o hacia el posible oyente.


En estos poemas se mezclan temas, autores, personas y referencias fundamentales en su poesía y en su vida.
En ellos están Antonio Machado y García Lorca, entre otros poetas, están Bob Dylan y Paco Ibáñez, está Susi, su sirena, y Libby, su andoriña, está el mar, siempre el mar, está la música en forma de canciones y está la poesía encarnada en un poeta vendedor de ilusiones, o en la figura de un viejo poeta, cansado pero que sigue adelante en su intento de transformar el mundo...

Javier Ruiz en plena acción

     Anteriormente he dicho que son poemas musicados, porque así se anuncia en la carpeta del disco. Pero, llegados a este punto, quiero hacer una aclaración.
La música de Javier Ruiz, y en su caso también la de Isaac Vega, no está encadenada al pie de la letra de los poemas de Antonio.
No es música para cantar sus versos, es música para que la poesía de Antonio suene con voz propia.
No quita protagonismo a la propia música de los poemas. No la transforma, no la traiciona, no la disfraza, no la amordaza.
La música de Javier y la de Isaac recrea la atmósfera del poema, lo envuelve para nutrirlo de referencias y sugerencias, lo acompaña en su camino, lo sitúa en el centro del escenario, lo deja suelto en el aire para que suene fresco y auténtico, sin perder su propia entidad ni su verdadera identidad.
 
Con Isaac Vega
     Aunque son dos los músicos, y por supuesto sin desmerecer el gran trabajo de Isaac, creo que es de justicia destacar especialmente la labor y la implicación de Javier Ruiz en este proyecto. No sólo porque se le podría considerar coautor o corresponsable de la existencia de este disco, también porque a lo largo de los once poemas que ha musicado se revela como un auténtico hombre-orquesta que mezcla instrumentos, estilos, sones, sonidos y grabaciones varias, construyendo la trama del tapiz poético del disco con los hilos de una música de gran sensibilidad y capacidad evocadora.

Bueno, pues ya lo sabéis.
Aquí está, por fin, a nuestro alcance, “Surcos de luna y mar”.
 
Susi Fernández, que tanto tuvo que ver en la creación de este disco
Antonio le puso voz a sus poemas y Javier e Isaac compusieron e interpretaron la música. Misión cumplida.
De acuerdo, también fue necesario grabarlo, mezclarlo y, perdón por la palabreja, “masterizarlo”. Dicho queda.

 Pero aún hay más.
¿Cómo habríamos entrado en la intimidad de este histórico encuentro poético-musical entre Antonio García Teijeiro y Javier Ruiz sin esa foto que aparece en la contraportada del disco, sin esa imagen capturada por la intrépida Susi Fernández en primera línea de fuego, a tiro del salivazo desbocado del poeta y de las cuerdas a punto de romperse del músico?
Y no sólo eso.
Los poemas del disco están llenos de imágenes, es verdad, pero ¿cuál es la imagen del disco, cómo lo identificaríamos en las estanterías entre los éxitos de “Los 40 principales” de hoy y los saldos de “Los 40 principales” de ayer sin una imagen potente, sugerente, inequívoca, que lo singularice, que le ponga cara al disco y nos ayude a encontrarlo?
Ahí llegó una gran artista, Yuya, la autora de la hermosa portada del disco.
 
Javi, trabajando en el sonido. Antonio, viendo.

     Hay que decir, para ser justos, que en realidad no estamos asistiendo al lanzamiento del “primer disco” de Antonio García Teijeiro.
Muchos de vosotros ya sabéis que anda por ahí, circulando por el mundo de la poesía en gallego, un disco grabado a medias con Paco Ibáñez que se incluye en su antología “Un rato díxolle á lúa”, publicada por Xerais.
Por no hablar de otras grabaciones secretas, que sólo conoce su círculo más íntimo y noctámbulo, donde Antonio, con absoluto desparpajo y apasionamiento, se desmelena entonando y desentonando canciones y poemas propios y ajenos.

Pero este capítulo de la historia musical de Antonio es diferente.
“Surcos de luna y mar” no va a ser el único en su especie.
El poeta ya ha anunciado que va a ampliar su discografía sacando a la luz una segunda grabación con poemas en gallego.
El mundo del disco es así.
Te atrapa y, cuando te atrapa, el mundo del disco, como dice Enrique Santos Discépolo en su famoso tango, “yira... yira...”, y ya no se para jamás.












sábado, 7 de noviembre de 2015

DARDO POÉTICO ( XXVIII ) LA NOVENA SINFONÍA. Juan Carlos Martín Ramos



 Estaba na miña casa. Pasou por diante da mesa na que traballo co ordenador. Viu unha figuriña que leva comigo máis de trinta anos.
     
               O meu amado Ludwig Van Beethoven.
     
     


            E deixoume un papel escrito no que dicía:

             
     “Cuando vi anoche, junto al ordenador, la figurilla de Beethoven, pensé que era urgente enseñarte uno de los poemas que aquí te dejo.
     Luego no te dije nada, porque la noche nos llevó por otros derroteros y hoy, al volver a verla, me ha vuelto a asaltar la necesidad de que este poema se quede en tu casa (…)

     

     
     En efecto, xunto a un par de poemas compañeiros seus, segundo as súas propias palabras, estaba este fermoso poema chamado “LA NOVENA SINFONÍA”.
     
     Un dos moitos detalles cos que esta persoa, gran poeta, Juan Carlos Martín Ramos, pode sorprenderte e permitir que sexas un pouco máis feliz.
 
Juan Carlos Martín Ramos
     
     Encantados estamos en Versos e aloumiños de publicar estes versos que homenaxean a quen considero o compositor que me chega máis fondo e que me aperta tantas veces coas súas sinfonías e coa impresionante música de cámara.

     Grazas, Juan, por tan delicado agasallo, que quero compartir  cos lectores e lectoras deste blog-revista.




     E agora podedes gozar dun acontecemento singular: un coro de 10.000 persoas en Xapón, nun estadio deportivo, cantan a "Oda á alegría" de Schiller, que pertence ao 4º acto da "Novena Sinfonía" (Coral) de Beethoven.
     Espectacular e emocionante.