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miércoles, 29 de enero de 2014

"QUEDA LA MÚSICA", UN POEMARIO DE ANTONIO GARCÍA TEIJEIRO QUE SE PRESENTOU NUNHA TARDIÑA MÁXICA




O pasado xoves, día 23 de xaneiro, presentouse, na libraría  viguesa “Librouro”, o poemario de Antonio García Teijeiro, Queda la música.

Resultou un acto entrañable, no que interviron as seguintes persoas:

Asunción Carracedo, editora de “Amigos de papel”, abriu o acto falando da editorial que dirixe, cales son os seus obxectivos e salientando o agasallo que o seu home, Eugenio Castro, lle fixo: unha editorial. Así de simple e de marabilloso. Deseguido,  presentou ao escritor e xornalista Álvaro Otero e ao poeta Juan Carlos Martín Ramos.

Asun Carracedo, directora de "Amigos de Papel", abre o acto.

Álvaro Otero, novelista, falou do autor, de quen é amigo, entrou nos poemas do libro e, mesmo, recitou algúns deles dun xeito maxistral. Aproveitou un deses poemas para lelo coa música de Mozart de fondo. O minué do poema e o do xenio de Salzburgo danzaron durante uns segundos que se fixeron máxicos.


Juan Carlos Martín Ramos, deleitou o público cun texto fermoso, cheo de humor, de emoción e de intelixencia.

Juan Carlos Martín Ramos presenta "Queda la música".


Velaquí, un pequeno fragmento do mesmo:
      

      Cabría preguntarse entonces: ¿es un libro de poesía o es tal vez una caja de música?
Hagamos la prueba. Lo abrimos por una de sus páginas y se escapa el zumbido de un moscardón de las cuerdas de un violonchelo. Lo abrimos por otra página y podemos escuchar cómo un árbol toca el piano del viento con las ramas de su mano. Estamos leyendo el libro en la paz de nuestro sillón de orejas y, de pronto, nos levantan del asiento las animadas canciones de cuatro melenudos de Liverpool. Creemos estar llegando al punto final y, sin previo aviso, aparece bajo la luz de la lámpara una pareja con peluca dieciochesca bailando un minué.
Ya lo tengo claro. ¡Es un libro de poesía! Porque sólo en un libro de poesía las cuerdas rotas de un violín pueden sustituirse por las estelas que dibuja en el aire el vuelo de las golondrinas. ¡Es un libro de poesía de Antonio García Teijeiro! Porque sólo en un libro de poesía de Antonio la música puede ser, además del tema central, el alma de cada uno de sus versos.
¡Ya he dicho que lo tengo muy claro! ¡Es una caja de música! Porque esconde un laberinto mágico de imágenes, sonidos y emociones, una maquinaria secreta que se despierta al levantar la tapa de cada poema (…)


Unha ilustración de Tesa González e un poema de Antonio García Teijeiro.

E despois, Martín Ramos pediu a colaboración de Lurdes López (“también mi compañera de tantas otras cosas que me llevaría toda una vida contarlas.”) que con bonecos, monicreques cheos de vida, (La Bruja, La Juglaresa…) cantou tres cancións compostas por Juan Carlos e Lurdes, sobre poemas  de Queda la música. A súa actuación foi abraiante. Bonecos e Lurdes fundíronse de tal xeito que o público ficou entusiasmado pola voz, polos movementos que realizaba e pola simpatía da artista. Acompañada por Juan Carlos á guitarra  agasalláronnos  unha sorpresa feliz que cativou a todos.


Lurdes López, con La Juglaresa, cantan unha canción. Juan Carlos, á guitarra.

A continuación, Susi, a compañeira de García Teijeiro, leu un texto que Tesa González, a ilustradora e parte fundamental deste poemario, enviou para esta presentación. Velaquí un fragmento do seu texto:
Susi Fernández le as palabras de Tesa González.


…“Queda la música” no ha sido un libro sencillo de ilustrar. He querido alejarme de ilustrar notas y claves de sol por doquier, tan repetidas en la temática musical ilustrada. He intentado poner la música con el color, con pequeños gestos de los personajes, con fondos trabajados, con contrastes en los tonos…He intentado poner mi música.
Interpretar y contar una narración con colores, imágenes y elementos gráficos es mi trabajo. Ilustrar poesía no es fácil y a un grande como Antonio menos. Leer sus poemas era ya música en si. Les invito a que lo prueben y no se olviden de los espacios, sus silencios, importantísimos en  el  ritmo de su poesía.  Ha sido un reto y un placer ilustrarle (…)


Outra ilustración de Tesa e outro poema de Antonio.

E, finalmente, falou o autor quen deu, en primeiro lugar, as grazas a todos os presentes por asistiren ao acto (uns, na mesa e outros, como público), facendo fincapé no feliz que estaba de ver na libraría tantos alumnos e alumnas seus. Comentou distintas opinións sobre o acto creativo (Einstein, Carl Philip Enmanuel Bach) recollidas, curiosamente, nun libro que estaba a ler de Alfred Brendel, un dos pianistas máis salientables da historia da música. Referiuse aos Beatles como portadores de liberdade persoal, aos que homenaxea no libro e foi dicindo unhas palabras sobre cada un deles. Leu un poema de Juan Carlos, como agradecemento pola súa participación nesta presentación e puxo punto final a un acto que deixou moi satisfeitos aos asistentes.
Antonio García Teijeiro, na súa intervención.

Ben, non exactamente, porque Juan Carlos Martín Ramos e Lurdes López fixeron un simpático e demoledor epílogo cos monicreques, no que non saíron moi ben parados os ministros Wert e Gallardón. Talvez o desprezo pola educación e a cultura, xunto coa (in)xustiza, que amosan  estes dous individuos, foron a causa deste dardo final.
Resulta moi gratificante que, nos tempos que corren, a música e a poesía sexan capaces de reunir a tantas persoas que vibraron e se emocionaron con todo o que ocorreu nunha libraría, entre libros e ilusións.

       
Antonio, ao remate do acto, cun grupo de alumnos e alumnas, aos que tanto quere.
                                                                 
 

 Velaquí unha imaxe do epílogo, que Lurdes e Juan Carlos prepararon para baixar o pano da función.
Tamén pecha esta crónica dunha tarde para lembrar.



Epílogo


                                                                                                                            X.V.R

viernes, 23 de agosto de 2013

¿QUÉ TIENE QUE VER LA VIDA CON LOS LIBROS? Juan Carlos Martín Ramos




  Juan Carlos Martín Ramos es ya un clásico de nuestro Versos e aloumiños.


Con su palabra certera crea poemas de un fondo y una forma extraordinarios.

Ama profundamente la palabra y en este texto de hoy vais a comprenderlo, si aún no estabais seguros.

Juan Carlos es un gran lector y reflexiona mucho sobre lo que lee y lo que ocurre alrededor de la literatura y de la vida.

Juan Carlos Martín Ramos es un espejo en el que todos deberíamos mirarnos. Refleja amor por la poesía, por la narración, por la lectura, en general. Además de un gran respeto por el lector.

Sus textos emocionan y hacen pensar. Sus textos son un ejemplo de  lo que yo llamo "literatura inteligente".

Animaos a leer estas líneas, porque vais a gozar enormemente de su palabra y del valor de los cuentos.
Es un texto significativo y delicioso.

Ramón Gómez de la Serna


¿QUÉ TIENE QUE VER LA VIDA CON LOS LIBROS?
(se preguntaba Blas de Otero)


Hace ya mucho tiempo, leí en la biblioteca de mi colegio un cuento que me cambió la vida.

Me habían castigado sin salir al recreo, por eso estaba en la biblioteca, y he de reconocer que alguien había dejado el libro abierto sobre la mesa y que el cuento que encontré en una de sus páginas era muy breve. Por eso lo leí.

Era un cuento de Ramón Gómez de la Serna, el mismo que dijo eso de que “cuando por los altavoces anuncian que se ha perdido un niño, siempre pienso que soy yo”, y otras cosas por el estilo. Y os lo voy a contar.

Es un cuento que, desde entonces, no he vuelto a leer. Quiero decir con esto que lo que os voy a contar es lo que yo recuerdo de aquel cuento que leí hace ya tanto tiempo.

Igual que pasa con los cuentos tradicionales, que al ir de boca en boca van modificándose e incorporando nuevos detalles y peripecias, la insegura reconstrucción en mi memoria de aquel cuento presentará probablemente, por el paso de los años, algunas variaciones con respecto al cuento original. Pido disculpas por ello, pero os aseguro que en ningún momento su falta de literalidad traicionará la intención del autor ni el vuelo creativo de su alma literaria.

Aquel cuento que nunca he vuelto a leer estaba protagonizado por un ladrón que, un buen día, se enteró de que unos ricos marqueses acababan de iniciar un incierto viaje alrededor del mundo.

La noticia tenía su interés, porque en aquella época la idea de dar la vuelta al mundo estaba prácticamente reservada a la mente calenturienta de algún personaje de novela, pero lo que más le removió las entrañas de ladrón fue saber, por boca de un indiscreto mayordomo, que el señor marqués, antes de partir, había guardado cientos y cientos de billetes entre las páginas de los libros de su gran biblioteca, con la convicción de que así quedaban a buen recaudo, porque era poco probable que nadie tuviera nunca la tentación de abrir ningún libro.

Como era un ladrón de cuento, Gómez de la Serna no se preocupó de ponerle muchas dificultades sobre el papel para que entrase sin ser visto en la gran mansión de los marqueses y se relamiera de gusto ante el impresionante espectáculo de aquella biblioteca, una enorme sala repleta de libros de todos los tamaños, épocas, autores y ramas del saber, decorada con un juego de grandes espejos colgados en las paredes y enfrentados de tal forma que multiplicaban las estanterías hasta el infinito.

Dados sus escasos conocimientos de biblioteconomía, el ladrón decidió empezar la búsqueda de los billetes por el libro que estaba más a mano. Pero no tuvo suerte. Con gran nerviosismo hojeó, una tras otra, todas las páginas de aquel primer libro sin encontrar botín alguno. Tampoco lo encontró en el segundo, ni en el tercero, ni en el cuarto, pero ya en el quinto libro, al llegar a su última página,  pudo dar un salto de alegría ante el primer hallazgo, un billete de 50 pesetas camuflado entre unas tristes violetas disecadas.

Llegados a este punto, debo advertir que Gómez de la Serna tampoco aclaraba de qué manera el ladrón fue solventando, durante todo ese tiempo, las pequeñas exigencias de su ciclo vital y de su higiene personal, así que pasemos por alto estos detalles, por otro lado bastante desagradables, y sigamos adelante con la historia.

En un primer momento, el ladrón hojeaba los libros con absoluta profesionalidad. Tenía claro su objetivo y sabía qué técnica utilizar para conseguirlo. Pero el tiempo pasaba lento y la búsqueda era cada vez más monótona y cansina, así que no pudo evitar un fugaz momento de debilidad y entretenerse durante unos segundos observando un pequeño dibujo que llamó su atención desde la esquina de la página de un libro.
Sí, sí, es Juan Carlos subido a un olivo

Se sobrepuso inmediatamente, pero, varios libros después, una fotografía en blanco y negro volvió a llamar su atención, y esta vez tanto le interesó la imagen que, además, leyó el pie de foto. Pero él siguió adelante, sin desfallecer. Páginas y páginas pasaron ante  sus ojos sin pena ni gloria hasta que, de pronto, una ilustración a todo color le sedujo de tal manera que además de clavar su mirada en el breve texto explicativo que la acompañaba, leyó de cabo a rabo toda la página.

Más adelante, varias palabras de gran tamaño introducían un capítulo que parecía hablar del mismo tema, y se lo leyó de principio a fin. Y así fue deteniéndose cada vez más tiempo y cada vez con más frecuencia ante las páginas de cualquier libro, hasta que por fin leyó un libro entero. Y después otro. Y luego otro. Y otro. Y otro más.

Tantos libros leyó, tantas cosas aprendió, por tantas cosas se interesó, que el ladrón de nuestro cuento, que aquí llega a su fin, decidió dejar de ser ladrón y, colorín colorado, presentarse a unas oposiciones.

El cuento, como veis, tiene moraleja, y a mí nunca me han gustado las moralejas. Pero la verdad es que desde entonces ya no fue necesario que me castigasen sin recreo para volver a la biblioteca. La lectura de aquel cuento me llevó a leer otro cuento del mismo libro. Y después, la lectura de aquel libro me llevó a otro libro, y ese a otro, y luego a otro, y a otro, y a otro más.

Y así fui creciendo y haciendo mi camino de lector. Un camino que llegaba mucho más lejos de lo que yo entonces podía imaginar. Un camino donde nunca encontré ningún billete, pero sí innumerables e inesperados tesoros.

Debo confesar que, aunque el ladrón del cuento dejó de ser ladrón gracias a los libros, en mi caso, no por aficionarme a la lectura dejé de romper con el balón los cristales del colegio ni de dibujar por las paredes la caricatura irreverente de algunos profesores.

Así que tal vez he exagerado, tal vez me he dejado arrastrar por el río desbocado de la imaginación al decir que la lectura de aquel cuento me cambió la vida. Pero de lo que sí estoy seguro es de que, aunque los libros no metieron en cintura el lado más gamberro de aquel niño que yo era entonces, de no haber maquinado el azar aquel encuentro íntimo y placentero con un libro abierto, ahora, posiblemente, no sería la misma persona.



                                                                                                                  Juan Carlos Martín Ramos