martes, 28 de mayo de 2013

A LUZ DAS PALABRAS ( 24 ) Alfredo Gómez Cerdá



Decir Alfredo es decir amigo. Muy amigo.
Decir Alfredo Gómez Cerdá es nombrar a uno de los narradores más importantes de la LIJ española. Traducido a diversas lenguas, Alfredo Gómez Cerdá ganó en 2009 ( y ya iba siendo hora) el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil con su emocionante Barro de Medellín. Un libro que, para mí, tiene un significado especial por haber recorrido esa maravillosa tierra.
Como decía, Alfredo es un amigo con el que te entiendes de verdad. Son muchos años de relación entre nosotros (Susi, incluida) y cada vez que podemos hacemos por vernos, bien sea en Vigo, bien sea en Madrid.
Alfredo Gómez Cerdá es un gran escritor. Yo lo descubrí  allá por el año 1986 tras la lectura de un libro que me cautivó: La casa de verano. Un libro que sigo recomendando a toda persona que se acerca a mí y valora la LIJ.Un libro que fue el inicio de nuestra gran amistad.
Alfredo es un hombre serio, de trato muy agradable, algo tímido, honesto en su concepción de la vida, serio en su trabajo y un perfeccionista a la hora  de dar por terminada una novela.
Alfredo observa mucho. Sabe escuchar y eso se nota en sus obras.
Alfredo tiene una obra extensa que abarca, con una sensibilidad especial y un humor muy fino, desde los primeros lectores hasta la adolescencia. Y todo ello es un decir, porque las novelas de Alfredo son para lectores de hasta, por lo menos, cien años (y no de soledad).
Os aconsejo que leáis en el nº2 de La Página Escrita, la revista virtual on line de las Fundaciones de Jordi Sierra i Fabra, la entrevista que le hacen a este autor y que arroja mucha luz sobre el acto de escribir y sobre su personalidad.
A mí, personalmente, me gustan las novelas de personajes.  En mis novelas y en mis libros de relatos , los personajes son el eje de las historias que cuento.


Bueno, pues Alfredo es un extraordinario autor de este tipo de novelas. Creo habérselo dicho desde siempre.  Él mismo lo explica de manera  muy clara: “Los personajes son lo esencial de la literatura. Me entusiasma crear personajes por encima de todo”.
Y Alfredo Gómez Cerdá se aleja del consejo de Brecht, que mantiene la teoría del distanciamiento. Alfredo se identifica  plenamente con sus personajes. Los quiere, los siente, los vive de una manera muy íntima. “No es que deje de ser yo mismo para convertirme en ellos. Eso sería imposible. Pero sí hay un desdoblamiento, algo parecido a lo que siente un actor cuando se mete en la piel de su personaje. Una vez dentro, tienes que ser muy honesto con él, no puedes traicionarlo ni juzgarlo aunque sea un desalmado despreciable” afirma.

Dedicando libros en un encuentro en el Colexio Possumus de Vigo

Me he extendido en este punto, porque es algo que nos une como  lectores y como escritores a los dos.
La formación literaria de Alfredo Gómez Cerdá tiene en el teatro una base muy importante.
Lo descubrió cuando era adolescente, en el instituto, y siempre ejerció una enorme fascinación sobre su persona. Escribió multitud de obras, algunas de las cuales llegaron a representarse en pequeños locales o por grupos de aficionados. Nunca  lo ha dejado. Sigue escribiendo teatro, aunque con menor intensidad. En 2002 publicó La guerra de nunca acabar y en 2007, El tesoro más precioso del mundo. De ahí le viene, yo lo creo así, su amor por las novelas de personajes.


Con Alba y Susi en casa de Antonio

Por otra parte, yo sostengo que para ser  un buen escritor de narrativa hay que ser un buen lector de poesía. Cada día que pasa, estoy más convencido de ello. Y Alfredo, con relación a esta afirmación mía, nos dice: “¿Qué escritor no ha escrito alguna vez poesía? Yo lo he hecho también, pero solo he publicado dos o tres poemas sueltos  - dos de ellos dentro de una novela -. Mis poemas están guardados en una carpeta”.  Pero Alfredo lee, ya lo creo, poesía.

Encuentro en el Colexio Possumus de Vigo

  Podría decir de él muchas más cosas. Que es minucioso en su escritura, que cuida mucho el lenguaje en su escritura, que no elude ningún tema en su escritura. Que corrige “en caliente” (recién escrito) y “en frío” (una vez que ha terminado el libro). Que nunca  hace las correcciones en la pantalla del ordenador, sino en el papel. Que, como me ocurre a mí, para él la literatura tiene que ser algo más que mero entretenimiento. Una exploración de los seres humanos dentro del mundo. Ahí, digo yo, expresamos comportamientos, a veces contradictorios, y nos damos  cuenta  que ese mundo no es igual para todos. Luego, eso va a ser expresado por los autores o autoras de la manera que les resulte más apropiada al concepto de creación literaria que tenga cada uno de ellos.

 Alfredo cruza mares, en cierto modo complicados, tras decidirse por una determinada idea.
Unas veces, le supone un gran esfuerzo.
Otras veces, lo hace casi sin darse cuenta.
Alfredo cree en el trabajo. Y le gusta separar el trabajo del método, que es muy cambiante en función de cada libro.
Y no voy a hablar más del amigo ni del autor.  Conocerlo literariamente es  un deber para todos aquellos  que quieran leer buenísima literatura.
Por ello, Versos e aloumiños está muy orgulloso de presentar los textos que nos regaló. Uno, de narrativa y dos poemas. Un logro, gracias a su generosidad.
Así que ahí los tenéis para degustarlos.
Yo tomo en mis manos otro, de entre sus muchísimos libros, muy querido para mí y uno de mis preferidos, Pupila de águila,  y me enzarzo en una discusión con Martina e Igor, sus protagonistas, sobre la vida.
Gracias, una vez más, Alfredo, por tu honestidad y tu cariño.
Ahora, disfrutemos con su palabra.

 

FRAGMENTO DE UN RELATO DE AMOR
Alfredo Gómez Cerdá


La Sibila Cumea, que siempre tenía dificultades para ordenar las hojas en las que escribía, le pidió a Apolo un deseo, que formuló más o menos de esta manera:
“Coge un gran puñado de arena de la playa; te pido que me concedas vivir tantos años como granitos de arena haya en tu mano.”
Pero la sibila cometió un error muy importante. Pidió vivir muchos años -cientos, miles...-, pero se le olvidó pedir que su cuerpo se mantuviera siempre joven.
Dicen que de tan arrugada y encogida que quedó, con el tiempo, su aspecto era similar al de una cigarra. Atormentada, se pasaba la vida repitiendo las mismas palabras:
Quiero morir, quiero morir, quiero morir...”
¡Tal era su desesperación!
Recuerdo ahora esta historia mitológica y yo mismo me veo convertido en una cigarra, una diminuta cigarra, plegado cientos de veces sobre mí mismo, irreconocible a mis propios ojos y, lo que es peor, a los tuyos. Tengo que esforzarme para gritar con todas mis fuerzas una y otra vez: ¡Soy yo, soy yo, soy yo...! Pero cuando al fin lo comprenda, ya no habrá remedio y solo podré lamentarme como la Sibila Cumea: ¡Quiero morir, quiero morir, quiero morir...!
La triste experiencia de la sibila, me hace pensar que podría plantearle al poderoso Apolo un deseo diferente:
“Gran dios, no quiero que alargues mi vida, pero déjame al menos ser joven durante toda ella.”
         Me imagino ahora el prodigio. Apolo se apiada y accede a mis súplicas. De repente, recupero toda mi fuerza y mi belleza. Entonces me presento ante ti, orgulloso y satisfecho, y te digo:
“Mírame.”
Sonrío. Trato de abrazarte una vez más, de besar tu cuello, de aspirar el olor de tu cuerpo... Y tú me rechazas y me empujas. Y me gritas:
“No eres tú de quien yo me había enamorado.”

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Alfredo y Antonio en Miami

 POEMA 1


(A Garcilaso de la Vega)
Garcilaso de la Vega

Mi querido guerrero:  los gustos
y los siglos nos separan,
los espacios intransitables y las heces concretas
que nos tiran a la cara,
los silencios repletos y las cadenas de muertos
-espadas cruzándose a diario,
altivos gestos ante la muerte absurda-.
Hasta la dulce melancolía
que nos abruma intransigente
distiende nuestro anhelo.

Qué lejos...  Aquí,
ya sepultamos al Olimpo entero
y al petulante Dios de los barrocos.
Apenas pueblan nuestros tronos
montones de cenizas. Tal vez
sólo una imagen perfecta muy al fondo de las cosas,
una referencia deslumbrante,
una Isabel eterna, siempre bella
y siempre inalcanzable,
nos mantiene unidos todavía.

                                     


 POEMA 2


En el transcurso seguiremos intentándolo,
una vez más, y veintitrés, y ciento y pico...
Leyendo para profesores en Miami
Haremos de la albada un presente rabioso,
algo así como un sustantivo eterno;
y del mármol un frío ascenso,
y de las conversaciones un simple matiz,
y de nuestra vida un desaliño convergente.

Ya sabréis de mi debilidad por el silencio
y del famoso círculo insalvable que recorro
-me contengo el vocablo "satisfecho"-;
sabréis del cajón repleto que apodamos poesía
y de tanta cuartilla estrujada chorreando insomnio,
sudor y lágrimas, como aquel héroe castellano,
y rojos caminos de sangre derramada en vano.

Hoy..., ya veis, mientras el reloj medianamente pálido
nos avisa con su monótona indiferencia,
yo socavo recuerdos moribundos entre polvo
y devoro los pétalos ajados del jardín oráculo...
Inefables granitos de arena,
uniformados en silencio en estrechas avenidas
y escupidos al vacío a eso de la misma hora.

Hoy, sangro entre los dientes apretados,
amamanto mis dedos de ansia reprimida
y ahogo la palabra precisa tragada a golpetazos...
La noche asciende por los callejones desiertos,
El día... espera.
                                      ¡silencio!
                                      ¡silencio todos!
que otra vez la muerte acaba de forzar las cerraduras.


                                                                        Alfredo Gómez Cerdá


Libro de Alfredo traducido al coreano