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viernes, 16 de octubre de 2015

EL UNIVERSO POÉTICO Y MUSICAL DE JACQUES BREL


Una de las mejores decisiones que tomé en mi vida, cuando no contaba más que doce años de edad (y ya hace mucho tiempo de eso), fue dejar de jugar al tenis en serio—aunque en serio nunca jugué, todo hay que decirlo, porque no tenía la disciplina necesaria, pero también es cierto que nunca olvidé los rudimentos de ese deporte y sigo jugando hoy en día—y pedirles a mis padres que me inscribieran en la Alliance Française de Vigo para estudiar francés. Y si hice eso, la razón principal fue, además de que no me llevaba muy bien con algunos compañeros del equipo de tenis, la música de Jacques Brel. Había descubierto las canciones de este belga universal gracias a una recopilación que tenía mi padre, Quinze ans d'amour, y pronto sentí la necesidad de comprender lo que decían las letras que estaban acompañadas de aquellas melodías atractivas e inefables, lo que cantaba la voz poliédrica de Brel, que unas veces gritaba con una energía incontrolable y otras veces simplemente susurraba palabras que yo aún no entendía pero que ya me decían algo.


Poco después, en la Alliance, pude ver una vieja cinta de vídeo (en VHS) que contenía un concierto de Brel en vivo en el Olympia parisino—que mi madre, por cierto, ya había visto hacía años, cuando ella misma estudió algo de francés—y entonces ya me encandiló para siempre la puesta en escena de Brel, que más que cantar sus canciones, las interpretaba como si fuesen obras de teatro en miniatura. Porque ver a Brel sobre un escenario es una experiencia única y totalmente diferente a escuchar sus discos. Cuando dramatiza sus composiciones, en medio de una oscuridad total y con una sola luz enfocándolo, les infunde un significado todavía más profundo y urgente. Entonces sí que nos creemos, por ejemplo, lo que le dice al ser amado, cuando le exhorta a que no lo abandone, suplicándole aquello de que quiere ser "la sombra de tu sombra / la sombra de tu mano / la sombra de tu perro" (Ne me quitte pas). O comprendemos sus duras invectivas contra los burgueses, que "son como los cerdos / cuanto más viejos / más estúpidos" (Les bourgeois). O sentimos el dolor del personaje que aguarda por una chica que nunca aparece, y que probablemente sólo existe en su imaginación, pero que sabe que "mañana esperaré por Madeleine" (Madeleine) porque no quiere perder esa absurda esperanza. O simpatizamos con la voz que habla a un borracho y le dice que, pese a que no hay ni una moneda en su bolsillo, "buscaremos un banco / hablaremos de América / ya sabes, adonde iremos / cuando tengamos dinero" (Jef).


Ése es el universo de Brel, un espacio plagado de borrachos, prostitutas, perdedores, románticos trasnochados, etc., una serie de personajes tan bien presentados en los versos de su autor que parecen cobrar vida y acompañarnos más allá de los surcos del disco, que parecen vivir en las expresiones del rostro y del cuerpo entero de Brel, que se convierte en ellos y les da voz sobre el escenario durante los tres o cuatro minutos que dura cada canción. Porque Jacques Brel, alguien lo ha dicho ya (no me pregunten quién, que no tengo mis fuentes aquí a mano mientras escribo estas palabras), es un poeta con una guitarra en bandolera. Él mismo estaría en desacuerdo con tal afirmación, pues no se consideraba poeta y no creía que sus canciones fuesen realmente poemas; él se veía a sí mismo como un cantante de música popular, que lo era también, y uno de los más importantes que cantaron en lengua francesa en el siglo XX. Pero el estatus de poeta no es una autoproclamación; son los demás quienes deben llamarle a uno "poeta" y en el caso del belga podemos hacerlo con total propiedad.


Sin embargo, Brel va más allá de esto, y en momentos todavía tempranos de una carrera intensa que duró aproximadamente unos veinte años, comenzó a interpretar sus canciones, convirtiéndose en un consumado actor cada vez que se subía a un escenario y exprimiendo al máximo las posibilidades dramáticas y emotivas de las letras de sus canciones. Así, cuando Brel canta sobre Zangra, un militar que lleva años esperando aburrido a que llegue el enemigo, pero éste nunca llega, Brel es Zangra, Brel actúa como Zangra, y hace creíbles las palabras de un hombre que, cuando las mujeres le hablan de amor, él sólo habla "de mis caballos" (Zangra). No resulta extraño, por tanto, que Brel se sintiese atraído por el mundo del cine y que hiciese sus pinitos en el Séptimo Arte como actor y como director, con más acierto en algunos casos que en otros. Tampoco es raro que el público respondiese con entusiasmo en sus conciertos, incluso en lugares como el Carnegie Hall, donde quienes iban a verlo no hablaban francés necesariamente, pero sentían la emoción visual y auditiva provocada por la actuación de Brel. Así, compositores como Mort Shuman y cantantes como Scott Walker llegaron a escribir obras basadas en el belga o a cantar canciones suyas traducidas al inglés y a muchas otras lenguas.





Como todo gran artista, Brel tenía también sus contradicciones. En sus canciones criticaba agriamente a la burguesía, pero él procedía de un ambiente burgués (su familia tenía una fábrica de cartones y se halló siempre en una posición acomodada) y vivía su vida privada totalmente inmerso en dicho ambiente. Es decir, al mismo tiempo repudiaba y se sentía atraído por los valores de la burguesía, más o menos como el protagonista de Ces gens-là, que se ve atrapado en convenciones burguesas pero acaba por reconocer que "se hace tarde, señor, y he de volver a mi casa" a seguir adelante con ese mismo tipo de vida que le repugna. Canciones como Les bonbons o Bruxelles ahondan en una temática semejante, poniendo énfasis en lo inamovible y absurdo del modo de vivir burgués. En relación con esto, la infancia es un tema siempre presente en el universo breliano, vista siempre como un lugar idílico que, como toda Arcadia, si alguna vez existió, el protagonista lo ha perdido irremediablemente. Es también un lugar doloroso marcado por las apariencias y la mentira, un lugar donde "yo me convertía en indio / aunque ya estaba seguro / de que mis tíos severos / me habían robado el Far West", una etapa vital dominada por las desilusiones: "Yo quería tomar un tren / que nunca llegué a tomar" (Mon enfance).


En este sentido, parte de las canciones de Brel tienen un cariz autobiográfico, muchas veces comunicado a través de la máscara de algún personaje ficticio que contiene elementos inequívocos del propio autor. Así ocurre, por ejemplo, en La chanson de Jacky o en Au suivant, esta última un comentario muy ácido acerca de la inutilidad de la guerra y los ejércitos, que acaban por hacernos sentir anónimos e insignificantes: "Un día seré un amputado / o una monja o un ahorcado / En fin, una de esas cosas / que no me harán ser nunca más / el siguiente, el siguiente, el siguiente" (Au suivant). Pero, además de estas dimensiones autobiográfica y política, vemos en la obra de Brel una capacidad notable para describir y analizar situaciones amorosas y para retratar diversas facetas de la condición humana. Pocas canciones de amor poseen la fuerza emotiva de Ne me quitte pas, el clásico entre clásicos de su discografía, pero Brel también es capaz de explorar, por ejemplo, el impacto del paso del tiempo y de la rutina en una relación amorosa: "Y cada mueble se acuerda / en este cuarto sin cuna / de las explosiones de las viejas tempestades / Ya nada se parecía a nada / tú habías olvidado el sabor del agua / y yo el de la conquista" (La chanson des vieux amants).


Brel con Gerard Jouannest al piano
El paso del tiempo y la muerte son dos obsesiones brelianas que a veces aparecen unidas. En Le moribond, por ejemplo, un hombre que sabe que el final se acerca lo acepta estoicamente mientras mantiene conversaciones serias y llenas de ironía con otros personajes como su esposa, el amante de ella o un clérigo. Les vieux es uno de los retratos a la vez más tiernos y honestos jamás escritos acerca de la vejez, con las características repeticiones y paralelismos que suelen ser propios de Brel: "Los viejos no mueren, se duermen un día y duermen durante demasiado tiempo / Se toman de la mano, tienen miedo de perderse, y aún así se pierden". A esta idea de la muerte como experiencia casi catártica vuelve el autor en otras composiciones: "Y entre el olor de las flores / que pronto se apagará / yo sé que tendré miedo / por última vez" (Le dernier repas). El propio Brel debía de saber que tenía los días contados cuando, a mediados de los años 70, tras una carrera llena de éxitos y tras haberse despedido de los escenarios unos diez años antes para concentrarse en otras actividades, inició una vuelta al mundo en barco durante la cual le fue diagnosticado un cáncer de pulmón. En 1977, pese a su enfermedad y a haber fijado su residencia en las Islas Marquesas, hizo un último viaje a París para grabar un último disco, un álbum excelente que le sirvió prácticamente como testamento artístico. Su vida y su voz se apagarían pocos meses después, pero la poesía que destilan absolutamente todas sus canciones, sutilmente ornamentadas por los magníficos arreglos de François Rauber o Gérard Jouannest, constituye uno de los tesoros artísticos, musicales y literarios más valiosos entre los muchos que nos legó el siglo pasado.




                                                    ANTÓN GARCÍA-FERNÁNDEZ

martes, 12 de noviembre de 2013

DARDO POÉTICO (XII) Georges Brassens, un libertario subversivo da linguaxe




Se algo valoro eu dos artistas é que consigan un universo de seu.
Este universo, evidentemente, pode interesarme ou non. Iso vai depender dos seus contidos, da miña visión do creado, dos enfoques e de tantos elementos que o configuren. Pero sempre terán o meu respecto, se nel atopo autenticidade e non impostura.

Georges Brassens é un exemplo do que estou a dicir. Fillo dun albanel, oficio no que as persoas adoitan cantar cando traballan (alomenos antes) e coa súa nai, filla dun inmigrante napolitano, o mozo Georges anota as letras das cancións que escoita nun caderno para repetilas coas súas amigas. Vive feliz nun medio sinxelo e humilde. O fonógrafo invade a casa con obras de diferntes estilos: ópera, cancións de moda,operetas e, sobre todo, jazz.
Georges Brassens
Non foi Brassens un bo estudante. Só destaca en ximnasia, é un distraído ata que dá cun profesor de lingua e literatura, amigo de Sartre, quen esperta nel a paixón pola poesía e a literatura en xeral. Como a música a leva ben dentro, dedicarase a interpretar cancións populares e de moda para entreter as súas amizades.

Debuta como artista moi tarde. El ía formándose en segredo, el só ou con amigos.
Será a principios  dos cincuenta, con trinta anos cumpridos (naceu en 1920), cando, grazas á presión dos amigos, decida facer unha proba nun cabaret no barrio de Montmartre. Cantou máis de vinte e cinco temas entre as dúas e as catro da mañá e deixou aos asistentes entusiasmados. A partir de aquí o seu éxito en Francia e en tantos lugares de Europa resulta indiscutible. Como di Thierry Perben. “Esa noite GEORGES fíxose BRASSENS. Non debemos esquecer que tivo que vencer a súa timidez e a falta de confianza que tiña en si mesmo.
Brassens triunfa como cantante, mais non abandona a escrita. A súa primeira novela chámase La tour des miracles (1953) e, pouco despois, aparece unha selección de poemas co nome de La mauvaise reputation.
A partir de aquí Georges Brassens é recoñecido como un compositor con estilo propio e anovador, mesmo impertinente, como di Perben, ademais de poeta, cuxo dominio da lingua francesa resultaba brillante e inspirador.
Foi chamado o “poeta do anarquismo” e nas súas cancións adiviñamos unha exaltación do poder que a palabra e mais o amor teñen como algo subversivo.
No seu mundo compositivo pasean toda sorte de persoas que van dende os ladróns e cornudos ata  polis, putas ou cregos.
Nas letras dos seus temas cabe salientar o humor e mais a ironía para loitar a prol da moral libertaria.
Brassens era un apaixonado lector de poesía, coñecía perfectamente a linguaxe o que lle permitía xogar con expresións feitas, recuperar vocábulos esquecidos e crear un estilo único manexando, tamén, a fala popular.
Paco Ibáñez dedicou un disco ás cancións de Brassens deitadas ao español. E lembra ao artista “como un home sinxelo, tímido e xeneroso; cun talento que non cabe no firmamento”.
Gabriel García Márquez comentou: “Hai uns anos, ao longo dunha discusión literaria, alguén me preguntou quen era, na miña opinión, o mellor poeta contemporáneo de Francia. Non o dubidei. Respondín: Georges Brassens”.
Acaba de saír un libro desta persoa sen igual: Los caminos que no llevan a Roma. Reflexiones y máximas de un libertario, coa tradución de Joachim De Nys (Ed. Navona).
Non quixen sentar con Pessoa, desta vez. Preferín que esas máximas, pegadas dunha ética sen fendas, se convertesen en dardos que aguillloasen as nosas conciencias. Por iso, e nada máis que por iso, están reflectidas nesta sección.
Leamos, escoitemos, recuperemos os grandes artistas como quen hoxe aparece neste espazo. Persoas así non deben caer no esquecemento. Son unha referencia esencial para as sociedades desfeitas e confundidas. Pouco a pouco fomos soterrando artistas que puñan o dedo na chaga, de maneira inxusta. O peor que lle pode pasar a estes homes e mulleres é acalalos. Facer como que non existiron endexamais. Hoxe, Versos e aloumiños presenta un home “que non estancou en certezas”, como di Jean-Paul Liégeois, “que non foi un manual de axiomas e de grandes principios, senón máis ben unha meditación episódica, unha serie de interrogacións sucesivas que desembocan en respostas fráxiles e provisionais” Así de ético foi sempre o seu pensamento e hoxe imos coñecelo un pouco máis.



Leamos algunhas das súas reflexións, contidas no libro anteriormente citado.

-         No es tan fácil tener una moral individualista e individual. Resulta difícil estar solo.

-         Pocos seres son capaces de libertad. La mayoría son partidarios de su libertad, pero la libertad de los demás se les escapa un poco.

-         Detesto los uniformes, salvo el uniforme del cartero.

-         Considero las religiones y todos los dogmas, sean cuales sean, como completamente nocivos.

-         Lo único que nos queda de la civilización es la poesía.

-         Todavía existen poetas. Pero se esconden aquí y allá, entre dos piedras, o en ojos de agujas.

-         Canto como un hombre libre. Me libero escribiendo canciones.

-         Los niños aman las palabras antes de conocer su significado. Aman las palabras por las palabras.

-         Estoy completamente desesperado. No por mí, sino por los demás: odio la violencia y estamos sumergidos en ella.

-         Las únicas cosas de las que estoy seguro, que puedo compartir, son mis incertidumbres.¡Y nadie las quiere!

-         Para mí, “la mujer del vecino” no existe. Esa mujer no pertenece al vecino.

-         Hay que amar los defectos de los que amamos.
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  Escoitemos  a Georges Brassens cantando "La mauvaise reputation"





 E agora, outra canción ben fermosa: "Fernande".


   E para rematar as audicións, escoitemos a versión de "La mala reputación" interpretada polo gran trobador, Paco Ibáñez, amigo de Brassens.



Leamos unha canción de Georges Brassens, "Le vent", traducido do francés por Thierry Perben, incluído no libro "Georges Brassens. Canciones I". Ed. Espiral.




Case me esquecía. O ano pasado saíu es España, un libro, editado por Fulgecio Pimentel Editor, que se chama Brassens, la libertad, de banda deseñada e texto en prosa, escrito e debuxado por Joann Sfar.

Para todos os/as amantes da obra e da vida desta figura, xa universal, aquí deixo a noticia.